Los gigantes
Los
Gigantes.
La lluvia se hizo notar muy temprano
sobre las tejas de la rústica casa de adobe, a eso de las 6:45, cuando María e
Isabel debían levantarse para ir a la escuela. María fue la primera en pararse de
la cama e ir a ver el clima. La ventana de su pieza está muy alta, no alcanza a
ver con claridad, así que se dirige al comedor y desde ahí observó. Poco se
veía, ya que el granizo mezclado con lluvia caía fuertemente sobre el vidrio,
pero con su puño envuelto con la manga de su pijama de lana rosa, limpió la
humedad que empañaba la imagen. Estaba todo lleno de barro. Pensó que quizás no
habría forma de llegar a la escuela del pueblito de Nirivilo que se encuentra a
unos 3 kilómetros de distancia, pues ellas vivían en el Cajón del pueblito, no
en la localidad misma. Isabel estaba roncado, ni siquiera ha sentido el tronar
de la lluvia. De pronto su padre la despierta
–Levántese mija, o se le va hacer tarde.
–No quiero levantarme, no quiero, tengo
mucho sueño.
–Ya ya, levántese nomás. Con una buena
mojá e cara se le va a pasar el sueño. Y usté déjese de mirar la ventana que se
puede enfermar ahí parada. Vaya a vestirse.
–Voy voy, dijo María, dando un trotecito
con sus tiernos piecitos de niña de 7
años.
–Les dejé lista a las dos un lavatorio con
agua tibia para que se laven.
Las condiciones no eran las más óptimas.
Sin embrago Alberto, padre de estas niñas, trabajaba día y noche, desde el
primer canto del gallo hasta el ocaso. Si bien no tenían muchos recursos,
conservaban la dignidad, la limpieza y el orden. La rutina de este campesino
comenzó mucho antes, a las 5 de la mañana. Ya se había encargado de darles de
comer a las gallinas y los pollos. Sacó unos cuantos huevos del gallinero para
darles desayuno a sus niñas y aparte fue a buscar a la yegua que no se
encontraba en la pesebrera.
–Toooma cachito e gooooma, le gritaba; siempre
surtía efecto aquel apelativo. Hoy más que nunca era indispensable el animal,
ya que con tanta lluvia y barro, estas dos chicuelas no podían ir a pie. A María
siempre le gustaba que lloviera a chuzo parado, de abajo pa´ riba, ya que
cuando la iban a dejar junto con su hermana a la escuela en la yegua, se sentía
como una princesita en su corcel. Con la lámpara de gas y su capa de nylon la
buscaba entre la oscuridad que aún permanecía, solo veía el resplandor de la
luz mezclada con las gotas de lluvia. De repente, sintió un sonido constante:
era el chapoteo del galope de la yegua sobre el pasto mojado.
–Hasta que apareciste mujer, usted sí
que es guena pa hacerme rabiar. El hombre le hizo el bozal, se la llevó a las
afueras de la casa y la dejó sujeta junto a un árbol.
Isabel era dos años mayor que su
hermana. Si bien a diferencia de María era un poco más contrera con su padre,
gruñona y media díscola, sentía hacia su hermana un cariño y sentido de
protección cuando de peleas, o de peligros en jugarretas de campo se trata. María sentía un deber de protección hacia sus
hermanos más pequeños, que dormían plácidamente como unos bebés. Era como una
especie de madre enana o madre niña, sentía un deseo natural por atender a las
necesidades maternas que sus hermanitos podían tener. Aun así, siendo desde
pequeñita tan madura, la fuerza de su imaginación e inocencia permanecía.
Siempre en momentos de invierno, entre
los montes, la niebla se desplaza con múltiples formas, dando un aire misterioso
y místico al entorno. María imaginaba que eran gigantes que deambulaban desde
otros mundos, ante pasados que visitaban aquel lugar, debido a que en la niebla
eran como verdaderos fantasmas, personas a las que les da tristeza abandonar
aquellos valles. Sin embargo, su vida en ese estado es triste, porque no pueden
disfrutar de sus tierras como seres de carne y hueso. O quizás son felices solo
por el hecho de habitar. Aun así están imposibilitados de trabajar sus tierras.
Es que el campesino por natura es esforzado y le hace frente a la vida, venga
como venga. Ahora solo son fantasmas que alimentan los valles, colinas y ríos. En
fin, esta niña tenía muchas hipótesis al respecto, en torno a estas figuras de
vapor…
-Isabel, encárgate de calentar el fuego
para la leche.
–
¿Pero por qué yo? –Bueno usted es la hermana mayor pues, ya, no alegue más.
–Eso debería hacerlo mi mamá no yo. No sé por qué nunca está con nosotros.
-No diga esas palabras mija, uste sabe
por lo que está pasando, no piense así.
–Así cómo, si es verdad, nunca puede acompañarnos;
responde la niña.
- Papá, después de arreglarme voy altiro
a calentar la lechita -dice María-
mientras intenta peinarse su frondoso cabello. Su rostro es menudito, con una
tez blanca, lisa y perfecta. Sus ojos cafés proyectan un leve brillo de
esperanza y su naricita pequeña le da un semblante angelical. Lo único que le
incomoda es una pequeña cicatriz que tiene en la parte superior izquierda de su
frente, justo en el límite donde comienza su cabello, lo cual es poco notorio.
Todas las navidades el padrino Humberto
las visitaba para hacerles regalos. Hace dos años, momento que no fue tan
alegre. A María le obsequió un lindo vestido rojo con puntos blancos y junto
con eso uno par de zapatos del mismo color. A Isabel le regaló un traje de baño
celeste, ya que le encantaba jugar en el agua. Aun así, sintió un poco de
envidia hacia el regalo de su hermana, puesto que el suyo lo encontró poca
cosa. Pero como Isabel era una niña, prontamente el capricho por los regalos hacia
su hermana lo olvidó disfrutando mucho del baño en aquel verano, en un pozón
que estaba a unos cien metros hacia el cerro. De todos modos, quizás por parte
de Isabel fue una fortuna no tener el regalo de su hermana, dado que María días
después quiso salir por los prados vestida con su nuevo atuendo. Para ello fue
hacia la habitación de su madre a pedirle permiso con el fin de usar su ropa
nueva, debido a que el vestido solo debía usarse para situaciones especiales.
Al abrir la puerta su rostro palideció.
Desde el trayecto del columpio en el cual estaba jugando hasta el dormitorio
fue feliz, pensando que su madre estaría ahí para decirle que sí, con una suave
caricia en su rostro y un beso en la frente. Sin embargo, la habitación está vacía, sin
ninguna sábana ni frazada sobre la cama; es un lugar frío y angustiante. Su
mente infantil de 5 años aún creyó que su madre estaba junto a ella. Hace dos
semanas que ya no la veía. De ahí en adelante solo estaría por leves momentos,
como un vapor que da vida al hogar; pero que luego se desvanece, después vuelve
a aparecer por un tiempo, para pronto retornar a su agónica partida.
De todos modos se puso su trajecito para
salir a caminar por los senderos. Era una muchacha muy inquieta, puesto no le
gustaba estar en un lugar estático y sentía la necesidad de conocer nuevas
partes. Así que cruzó el cerco que limitaba las pocas tierras de su familia y
cruzó al territorio de on Lucho. Repentinamente ve una bestia acercarse y
aparece en su habitación, el mundo le da vueltas. Cuando recuperó la
orientación supo por su padre que un toro la azotó.
- Gracias al cielo no te pasó nada malo,
si hasta tus zapatitos saltaron lejos. María no supo, pero al pobre roto le
cortaron los cuernos.
Es por eso que mientras se peina, decide
en esa mañana, por vez primera, dejarse
chasquillas para que no sea notorio el recuerdo de aquel día. Al fin termina
para ir a calentar el fuego, mientras su hermana recién está terminando de
ponerse las pantis.
María se dispone a buscar leña de espino
que abunda por aquella zonas, entra a la cocina, ahí todo es rústico, ya que es
un lugar en la que sus paredes están naturalmente pintadas de gris por el tizne
producto del fuego. De las paredes cuelgan un sin fin de elementos: ollas,
teteras, pailas, entre otras cosas. En el centro se encuentra la cocina que más
bien es un horno de ladrillos de barro con un ducto que da hacia el techo. El
fuego no se demora en prender y la leche en calentar. Al fin llega Isabel y se
ponen a desayunar con tortilla, huevos y mermelada de mora.
–Esta tortilla está sin sal, reclama
Isabel.
–Oiga mija, coma y no reclame tanto, ya
sabrá más rica, solo me falta más práctica.
Si tan solo mi mamá estuviese aquí con
nosotros sería todo muy distinto, piensa María.
–Hermana, yo lo encuentro delicioso,
además el papi le ha puesto todo el empeño, dice la menor.
–Ya, apuren la cosa, y pónganse el traje
de agua, miren que con la lluvia el camino se hace más largo.
Está todo listo para emprender camino hacia
la escuela: la yegua tiene su montura y listo el bozal. Alberto sube
primeramente a María y luego a Isabel, al momento de subir él, le pide a la
última que se corra un poco más atrás, para así llevar a la menor adelante y a
Isabel sujeta atrás en su espalda. Las herraduras al fin avanzan sobre el
espeso barro.
Su camilla está en el fondo de la
habitación. Eso le permite estar al lado de una ventana en la cual la lluvia se
deja golpear intensamente. Y piensa en
sus momentos de sanidad junto a su familia, las tortillas al rescoldo, prender
el fuego para que su esposo se fuera a trabajar la tierra, los llantos de sus
bebés y el placer de levantar a sus dos pequeñitas para ir a la escuela. Tan
pequeñas y ya tienen que estar sufriendo la ausencia de una madre, pero por un
lado siente la conformidad que están bajo el cuidado de un buen hombre. Sin embargo,
el sentimiento dura pocos segundos. En estas circunstancias es difícil ver el
vaso medio lleno. Ya casi no le quedan fuerzas, solo ve las gotas caer
levemente por el vidrio y se imagina a sus pequeñas frágiles como un cristal cuyas
gemas también caen levemente de sus ojos. Su ánimo de lucha se está esfumando y
solo le está quedando fuerza para encomendarse a Dios, con la esperanza que su
providencia las guíe a ellas y a él hasta el fin.
Lleva dos años de enfermedad al corazón,
pero los médicos no tienen la certeza de cuál es el mal exacto que padece. En
variadas ocasiones la han llevado a una universidad para ser observada. Su
ingenuidad le hace pensar que esto producirá algún remedio, así que colabora en
todo lo que le piden. Muchos años más tarde, cuando María es una mujer
cincuentona, formada y fuerte, tal como lo quiso su madre y con una mejor
salud, le contó a su hijo que la usaron solo para ser un ratón de laboratorio,
abusando de su ignorancia, aprovechando la situación por ser una mujer de
campo.
Hace dos años solo ha ido a su casa en
forma esporádica. Hay periodos en los cuales se siente completamente sana y le
dan el alta. Llega a su hogar, y en esos momentos todos cobran las esperanzas
de que vuelva la normalidad; pero cuando están casi seguros que la enfermedad
se ha ido, nuevamente su corazón comienza a no responderle, lo que la obliga
internarse. A si se tornó su vida con un ir y venir de casa a hospital. En las
últimas oportunidades en las que regresó estable a su hogar, ya no quedaba
esperanza. Definitivamente no era la misma, como si fuera alguien que ya no
pertenecía a aquel lugar. Parecía solo una visita, con una piel pálida y
demacrada, muerta en vida. Es un
verdadero fantasma de carne y hueso, deseando aferrarse a esas cálidas paredes
de adobe y a sus pequeñas que le abrazaban una y otra vez su cintura.
La lluvia es espesa, la yegua avanza
lentamente por el camino, el frío se manifiesta a través del vapor de la
respiración del animal, las nubes están totalmente negras y las colinas se ven
vestidas por la niebla como un blanco vestido. María nuevamente piensa en este
vapor que engaña a las personas haciéndoles creer que son solo agua, pero hay
algo más, algo misterioso que se esconde en la naturaleza. De pronto le surge
una triste inquietud durante el trayecto.
–Papá ¿Y si esa niebla son personas que
nos visitan?
–Mija, tiene 7 años, ya es hora que no
piense leseras, no toda la vida será una niña. El mundo hay que enfrentarlo
como venga.
–Y si mi mamita se nos va y ya no nos
visita con forma humana? ¿Y si se transforma en niebla?
–Déjate de hablar tonteras, contesta
Isabel, te tienen mal los cuentos que lees.
- ¿Pero y si se convierte? Replica.
–Mi niña, su madre no se va a convertir
en nada, acuérdese de mí, que de repente va a estar con nosotros sanita sanita,
haciéndonos una rica cazuela e chuchoca. La niña escéptica solo mira cabizbaja la
crin de la yegua. Al fin llegan.
-Buenos días- dice la profesora, que
mañana a mañana recibe a los alumnos que entran al establecimiento.
–Buenos días profesora Rosita, contestan
unánimes las dos niñas.
–Buenas,
saluda el padre. La profesora ayuda a bajar a las chicuelas.
-Gracias doña, dice Alberto.
Triste por la soledad y el tener que
decir adiós a un mundo que quizás ya no habite, deja caer su última lágrima
matutina.
Las niñas entran a la escuela, ya ha
dejado de llover. El hombre se saca la chupalla, mira al cielo y ve el primer
rayo de sol caer sobre su frente, junto con la gota final de aquel día.
Lukas.
W Fuentes

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